(…)Y es así, Luciana. Sé que juré que nunca volvería a saludarte, ni una palabra, pero me es difícil (casi imposible) cumplir mi promesa. Sé que al verte, los recuerdos de ti me desgarran el alma y mi cuerpo se estremece y acabo desganado y sin “algún propósito en la vida”, pero aceptaré el riesgo; después de todo la tristeza no mata, ¿verdad?
El cielo comienza a oscurecerse y consigo lleva un manto estrellado en cuyo panorama de pequeño y en sueños creías volar. La niñez: aquella etapa sin preocupaciones, donde tus únicos deberes eran darle un beso a mamá y uno a papá.
Terminas de escribir algo que bien podría convertirse en un best-seller si tuvieras la disposición necesaria. Aquella disposición de la cual te creías lleno durante la secundaria, cuando redactabas pequeñas historias que tuvieron gran acogida; aquella disposición que Luciana te arrebató cuando viajó y nunca volvió. Pobre Stefano, ¿creíste que no existían las musas, que no eran coetáneas? ¿Creíste que el bichito jamás te picaría? Siempre tan frío, creyendo que al fin habías hallado la forma de evadir esas emociones “inmaduras”, como las catalogabas. Todo un témpano, Stefano; sin embargo, Luciana apareció y, sin saber, derritió tus entrañas. Luego partió y eras consciente que debías superarlo, pero ¿cómo?
Viste tu escritorio y observaste el lápiz que descansaba sobre el papel con curiosidad. ¿Y si?, piensas. Volviste a sentarte frente a la lámpara y decidiste regresar a aquella época de escritor empedernido, cuya la pluma recorría el papel dejando a su paso palabras que cautivaban a la gente; quienes, sin embargo, jamás denotarían el sentido completo de cada grafía (jamás las contextualizarían, Stefano); palabras llenas de sentimiento, de ti; de Luciana. Te alegrabas cuando aquella inspiración como un halo se apoderaba de tu cuerpo; era ella, piensas, su imagen etérea de doncella era como agua para tu sedienta alma, sedienta de amor. Mierda: el bichito otra vez. Dejaste el lápiz a un costado cuando creíste que ya estaba listo, sonreíste y dirigiste tu mirada hacia la redonda fuente de luz en el cielo que competía contra la, también, muy luminosa torre Eiffel en alumbrar la magnífica ciudad luz. “Cuando veas la luna llena, recuérdame y recuerda que no existe la lejanía, que no es más que un término creado por los mediocres”. ¿Pensaría ella, en este momento, en ti? ¿Se acordaría, siquiera, de aquellas palabras?
Déjate de cojudeces, piensas. Por supuesto que no pensaba en ti, y seguro ni se acordaría de aquella babosada, seguro lo dijo por decir, circunstancialmente.
Luciana observaba la ventana: las luces estaban aún encendidas. ¿Habrías retomado la literatura? Decidió quedarse ahí, sería muy imprudente de su parte llamarlo o tocar su puerta, esperó sentada en la acera a que apagara sus luces; dulces sueños, Stefano.
Se dirigió a su carro y ahí la vio: la luna llena como un foco gigante iluminaba la ciudad e iluminaba su memoria, recordándole a Stefano. ¿Se acordaría aún? Vaciló un momento reflexionando en la posibilidad de que fuera cierto y justo cuando una sonrisa comenzaba a dibujarse en su muy lozano rostro, dio el veredicto final: imposible.
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